martes

La Película Matrix por Humberto Maturana


"Nos parece que esta película invita a una reflexión sobre nuestro existir  humano."

















MATRIX

La película Matrix es un acto poético. Como todo acto poético es una abstracción de las coherencias operacionales de un dominio presentadas en otro. Pero, ¿es una obra de ciencia ficción o es una obra que evoca una visión utópica? Una obra poética surge como ciencia ficción cuando describe un momento futuro imaginado como una extrapolación de las coherencias del vivir tecnológico y científico presentes. Una obra poética surge como una utopía cuando intenta evocar un vivir deseable no existente en el presente, y que se sabe posible porque se lo ha vivido en la infancia o en la juventud, o porque se lo conoce desde la historia de la comunidad humana a que se pertenece y tiene sentido intimo para el autor.

En cualquier caso la obra poética hace sentido porque surge como una abstracción de las coherencias del vivir del observador de ella. La película Matrix es una obra poética de ciencia ficción, y cautiva al espectador porque lo que ella evoca tiene que ver con su vivir presente tanto como con su posible vivir futuro, y lo conmueve como toda obra de este tipo por su carácter ominoso. Quien vea esta película rara vez dejará de preguntarse, ¿será nuestro futuro así? ¿Por qué nos toca o nos amenaza? ¿Nos amenaza tal vez porque nos muestra un modo de desaparecer en una alienación tecnológica?

Nos parece que esta película invita a una reflexión sobre nuestro existir humano. ¿Dónde existimos los seres humanos? ¿Somos nuestra corporalidad? Y si no lo somos, ¿por qué nos preocupa el que ésta pueda dañarse o desaparecer?

El vivir humano ocurre como un suceder relacional que involucra nuestra corporalidad en su dinámica de continuo cambio sin quedar contenido en ella. Es en el fluir de nuestro vivir relacional, esto es, en el fluir de nuestro convivir, donde hacemos lo que hacemos los seres humanos como seres humanos: es en el espacio relacional de nuestro convivir donde somos poetas, somos científicos, amamos, lloramos, somos felices, desgraciados, reflexionamos, pensamos, somos conscientes o inconscientes, explicamos nuestro existir y el existir del cosmos en que nos vemos en nuestro vivir, creamos y destruimos los mundos que vivimos como los espacios relacionales que generamos en nuestro vivir en el entrelazamiento de nuestro lenguajear y emocionar como redes de coordinaciones de haceres y emociones... No somos nuestra corporalidad, sin embargo sin ella no existimos. Lo que nos sucede en el fluir relacional de nuestro vivir y convivir afecta nuestra corporalidad, modula el curso de su continuo cambio, modula sus flujos hormonales, modula el curso de su continuo producción de si mismo, ... y nos enfermamos, nos mejoramos, se rompen o se regeneran nuestros tejidos, morimos o resucitamos. No somos nuestro vivir relacional como si este fuese ajeno a nuestra corporalidad, y lo sabemos ¡porque lo que sucede en nuestra corporalidad modula nuestro vivir relacional...!

Pero, no vivimos así, creemos que somos nuestra corporalidad o que nuestra corporalidad es superflua, y que nuestra esencia es de naturaleza trascendente a nuestra corporalidad. Nos sentimos de alguna manera dobles: cuerpo y mente, materia y espíritu ... Pero al mismo tiempo sabemos que lo que sucede con nuestro cuerpo modula el flujo de nuestro vivir relacional. Si miramos desde el ocurrir de nuestra corporalidad, nuestro ser es trascendente a ella. Si miramos el ocurrir de nuestro ser seres relacionales, nuestro ser está limitado por nuestra corporalidad. Si embargo, si miramos el vivir humano que vivimos, vemos que somos una unidad dinámica de corporalidad y de fluir relacional en continua transformación en torno a la conservación de si misma.

En la película Matrix sucede lo mismo que he descrito para nuestro existir biológico, sólo que evocado desde una mirada que entrelaza la tecnología con la biología. Los personajes centrales, Morfeo y sus compañeros, son personas que tienen una doble existencia. Por una parte son persona corrientes que viven su vivir relacional en su ser biológico, y por otra participan de un ámbito tecnológico donde su vivir relacional ocurre en un programa de computación que se extiende a toda la comunidad. Desde el carácter computacional de ese existir, se habla de que todas las experiencias que se conviven y viven ocurren en la realización del programa que entrelaza a los que se hallan conectados a la máquina. En el fondo todo lo que se vive desde esa conexión ocurre en un espacio imaginario que... que no es imaginario porque lo que sucede en él afecta la corporalidad de los que lo viven, igual que en nuestro convivir biológico. Por lo tanto esta película, fuera de ser entretenida, nada nos dice de hecho de carácter fundamental. Sin embargo nos muestra algo que yo por lo menos considero preocupante: nos muestra nuestra ceguera ante lo mismo que muestra:

Nos muestra que somos ciegos ante el hecho de que nada de lo que vivimos en nuestro vivir y convivir es superfluo, no importa que lo que vivimos sea imaginario, afecta nuestra corporalidad, y el curso de nuestro vivir corporal será contingente al fluir relacional de ese vivir y convivir. En tanto esto es así somos siempre responsables del mundo que traemos a nuestra existencia con nuestro convivir, sea éste ficticio o no, surja éste como una obra de arte o científica, si evoca un vivir en la agresión, en el engaño, abrirá un espacio de convivencia en la agresión o el engaño; si evoca un convivir que surge en el respeto por si mismo, en la ternura, en la colaboración, abrirá un espacio de convivencia en el respeto por sí mismo, en la ternura y en la colaboración.

Evoquemos con nuestro arte, con nuestra tecnología y con nuestra ciencia, el mundo de convivencia que queremos vivir, si queremos ese vivir y convivir. Nos quejamos de la agresión intra familiar y cultivamos la agresión en el ámbito familiar con programas de cine y teatro en televisión que nos presentan a la agresión y la violencia como formas culturales aceptables de convivir y resolver conflictos y discrepancias; hablamos de paz y actuamos pensando que la paz se logra con la guerra; hablamos de colaboración y vivimos en el cultivo de la competencia .. en fin, hablamos de ética y cultivamos en nuestros niños, niñas y jóvenes la ceguera ante el otro, la otra, o sí mismos, ... afortunadamente, aún, no siempre con éxito.

Decimos que los seres humanos somos seres racionales y actuamos creyendo o como si creyésemos que los problemas humanos fuesen en su fundamento conflictos de la razón, y por ello se resolviesen desde el razonar científico y el actuar tecnológico. Pero no es así, los problemas humanos no surgen de conflictos en el razonar, que en sí son triviales porque se resuelven de hecho desde el razonar. Los problemas humanos son de conflictos en el emocionar, surgen en el encuentro con deseos contradictorios, deseos que nos mueven en orientaciones opuestas o diferentes, y se resuelven sólo cuando los deseos cambian y desaparece la contradicción en el actuar. Los seres humanos somos seres emocionales como todos los animales, y lo peculiar en nosotros es que usamos nuestro razonar para negar o justificar nuestros deseos. Los deseos guían nuestro convivir, guían el camino de nuestro hacer, y dan fundamento a la vez tanto a nuestro razonar como a nuestro aceptar o rechazar el razonar de otro si es diferente del nuestro. Los problemas humanos no son de la razón, no se resuelven con la tecnología ni con la ciencia aunque éstas sean instrumentos poderosos o fundamentales para realizar los caminos de acción a que queremos realizar en forma consciente o inconsciente desde nuestros deseos conscientes e inconscientes. La película Matrix re-presenta un conflicto de deseos, y muestra que los dos deseos contradictorios fundamentales que la inspiran buscan, o la conservación del respeto por sí mismo, con todo lo que eso trae consigo en el convivir, o la conservación de los beneficios, ventajas o poder que uno puede tener en desmedro de otros, desde el abandono del respeto por sí mismo que ese camino del convivir implica.

Pero ese es también nuestro problema existencial presente en la cultura patriarcal / matriarcal que vivimos: el conflicto permanente entre el deseo de ser personas que se respetan a sí mismas y a los demás, que son capaces de colaborar en la creación de un mundo que surge continuamente deseable de ser vivido por todos a la vez que se comparte con otros la responsabilidad de su conservación desde la autonomía de la conducta ética, versus el deseo de éxito, poder, riqueza, certidumbre de saber obtener lo deseado, control del vivir de otros sin responsabilidad por las consecuencias de lo que se hace, sin preocupaciones éticas. Lo notable es que vivimos ese conflicto de deseos, que tengamos preocupaciones éticas, que en el fondo no queramos que nuestra conducta tenga consecuencias negativas sobre otros, o por lo menos sobre algunos otros que nos importan. Las preocupaciones éticas surgen desde el amar, y el amar es espontáneo, viene con nuestra biología. Sin embargo lo podemos cultivar o negar desde nuestro vivir relacional, como sucede en la lucha que se vive en la película Matrix. Claro que, como hemos dicho más arriba, los resultados son distintos para nuestra corporalidad: si cultivamos el amar surgen el bien-estar, la armonía en nuestra unidad psíquico y corporal y en la de nuestro entorno, cualquiera que éste sea; si negamos el amar surgen el mal-estar, en nosotros mismos y en nuestro ámbito de existencia.

Como vivamos, el que vivamos en el bien-estar o en mal-estar, en la armonía o desarmonía psíquico corporal, dependerá siempre de nuestros deseos, de cómo vivamos el aspecto relacional de nuestra unidad existencial que guía la contínua transformación de nuestra corporalidad, la que a su vez contribuirá a nuestro vivir relacional. Pero, lo más importante de todo, según sea el vivir relacional que generemos los ‘adultos’, según sea el vivir relacional que generen los mayores con quienes conviven nuestros hijos e hijas, será el vivir relacional que ellos generen a su vez. El futuro no son los niños o niñas, no son nuestros hijos o hijas, ¡no!, el futuro somos nosotros, los mayores, porque hacemos ese futuro con el espacio relacional que creamos en nuestro convivir, y que es el espacio relacional en que se formarán el vivir relacional y fisiológico de nuestros hijos e hijas adquiriendo tanto las memorias psíquicas y somáticas que formarán el mundo de los deseos que guiarán su vivir y convivir.

Humberto Maturana Romesín
Filósofo, Biólogo.
1928
Chile.
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Dentro de Revista El Bosco

Humberto Maturana
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http://www.matriztica.cl/

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